jueves, 2 de octubre de 2014




















A mi compañera le gustan las canciones alegres.
Yo quisiera escribir para ella pero no me sale:
La alegría y mi sintaxis son dos líneas paralelas,
Ni tienen el mismo centro, ni mucho menos llegan a tocarse.
Mi optimismo se reduce al acto  de escribir.
Afortunadamente la vida es otra cosa: es carne, es saliva, es lamerle las verdades,
Tragarme sus mentiras.
Por suerte puedo lavarle las bragas, incluso cuando la menstruación
ha oscurecido
El fondillo.
Se las lavo mientras escucho hits de las radiofórmulas, feliz.

La intimidad es sucia y me gusta así.


Pero a ella le gustan  las canciones alegres y a mí…
a mí no me salen.
Desde antes de crecer mi mirada es seria,
Mi entrecejo arrugado
Mi  sonrisa aciaga
Y mi discurso difuso
O
Macilento.
Antes de que me dieran el segundo beso ya me parapetaba en los                                                                                                                                               márgenes.

A ella le gustan las canciones alegres,

a mí lavar su ropa interior
                                                          Sucia. Feliz

lunes, 29 de septiembre de 2014













¿Qué ve mi tortuga cuando me acerco a su acuario?
¿Qué ve, que pone tanto esmero en escapar?
¿Querrá acompañarme?
En la lentitud,
digo

domingo, 21 de septiembre de 2014

Como una perra

Si alguna vez me abandonas como a una perra, es porque antes
me habrás alimentado, acariciado, lavado, besado...
para paliar tu soledad o para satisfacer tu capricho pero
no porque me hayas abandonado: 
entonces, yo seré una perra y tú te descubrirás bestia.  

domingo, 23 de junio de 2013

Notas V: Blancanieves y su libro

Pepe, ¿tienes eso? Yo ya había estado allí dos o tres veces, todas vinculadas con la comunión, exceptuando una: el día que me disfrazaron de Blancanieves. No sé quién eligió el disfraz, pero me gusta pensar que no fui yo, porque, la verdad, me sentí muy sola en el patio del colegio el día que celebramos el carnaval. Todas las niñas usaban aquel día para ser lo que les hubiera gustado ser, pero en mi caso toda aquella parafernalia no era necesaria porque en el cole era siempre quien quería ser. Era la amiga de los niños, la que se quitaba la camiseta si hacía falta para jugar al fútbol o para amedrentar a algún matoncillo de tres al cuarto que se metiera con algún hermano menor de un conocido o con cualquiera que viniera a avisarme. En el patio era valiente, era fuerte y autosuficiente, supe ganarme mi espacio; en clase era aplicada, educada y algo chula, porque mis padres, señores, medían esto, esto, esto, esto, esto y esto, así que tenía derecho a ser chula, eran tan buenos que podría haberme lastimado el hombro de tantas veces que tenía que cuantificar en dedos de las manos sus poderes y sus bondades. Pero Blancanieves… con ese corte de pelo a lo Cristóbal Colón y esas hombreras, y ese constante esperar a que alguien la venga a buscar… qué horror, me escondí en el soportal durante el desfile, cantando mi villancico preferido, a la par que rezaba e imploraba, con las diminutas y carnosas manos que aún conservo entrelazadas, por favor, Dios, que esto se acabe. Cinco años más tarde volví a pisar el estudio, esta vez para el tradicional reportaje de la primera comunión. Ahí no pasé vergüenza, la elección del traje fue mía y además fue tendencia aquel año: el mismo que Rocío Jurado se casó con Ortega Cano. Todas queríamos ser ella por un día, incluida ésta que está aquí, sólo que a la megalomanía de la época se le unió un pragmatismo que siempre me ha acompañado en forma de idea, pero pocas veces se ha manifestado en constancia: un vestido de flamenca era reciclable, otro vestido de Blancanieves, pero en blanco, sólo serviría para emborracharse de alcanfor en el armario y para repetir el mismo sentimiento de ridiculez que me acompañó con el primigenio. Sin embargo, se me escaparon dos detalles: el peinado y el escaso sentido estético que mi madre tenía por aquella época. Resultado: fui a la peluquería en chándal, uno de esos de brilli-brilli, para posteriormente trasladarme desde la peluquería hasta el estudio con ese mismo chándal y una madroñera goyesca en la cabeza. No podía correr, no podía taparme la cara, no podía hacer otra cosa excepto consolarme pensando que no sería la única, que todas teníamos que pasar por aquello. Aquella visita a los quince años fue distinta, muy distinta. Mi padre había hablado con Pepe, su amigo –todo el mundo era su amigo- y le había explicado mis aficiones para preguntarle qué podía hacer para apoyarme, para que aprendiera y pudiera practicar: - Pepe, a mi chiquitilla le gusta la fotografía, tiene la máquina que le compramos a la hermana para la carrera ¿No tienes tú hay algo que le pueda ayudar para que se enseñe? - No sé, Paco… ahora que lo pienso tengo allí en el local unos libros que para empezar no están mal, pero a lo mejor no tiene paciencia para leérselos - ¿Mi chiquitilla? Le gusta mucho leer y tiene las cosas muy claras, tengo unos niños, Pepe… está muy centrados y son muy trabajadores y ésta… no sé, es muy callada pero cuando habla… te tienes que callar tú Imagino que fue así, bueno, así y con un par de chistes malos de esos que mi padre usaba para meterse a todo el mundo en el bolsillo. Yo no sabía nada de aquella conversación, nada. Así que, cuando entramos allí y dijo ¿Pepe, tienes eso? No presté la más mínima atención, podría ser desde un cigarro, un periódico, un recibo, una invitación... así que sonreía mirando a mi alrededor, contenta de haber pasado ya el trance por el que todas las caritas piadosas que había colgadas en los escaparates estaban pasando justo en ese momento, aunque , a decir verdad, también sentí envidia porque mi foto nunca fue escogida para ser exhibida, supuse que porque no era lo suficientemente guapa. Ahora creo que aquella obviedad se le sumaba que todas esas niñas y todos esos niños tenían una expresión diferente a la del resto, más allá de la evidente belleza, tenían un rictus angelical, celestial, que yo por entonces no tenía. Sin embargo, ahora que la vida me pide fiereza, mi rostro se parece cada vez más a una virgen rechoncha esculpida por un orfebre anticuado. Pepe asintió y se acercó a mí, tocándome el hombro con una mano y con el otro escondido detrás de la espalda. Mira, me dijo con agachándose para mirarme a los ojos, aunque yo intentara evitar tanto el contacto físico como el visual. Era un libro enorme, negro, como un tomo de una enciclopedia, Introducción a la fotografía, de Planeta Agostini. Tu padre me ha dicho que te gusta el tema y hemos pensado que te haría ilusión. Estaba tan emocionada que no supe cómo reaccionar, lo cogí, le di las gracias y como las cagonas de párvulos me escondí detrás de mi padre, abrazándolo por la cintura. Muchas gracias, de verdad, sin dejar de mirar el libro, dándole vueltas, hojeándolo y deseando subirme a la furgoneta para abrirlo y empezarlo. Cuando ya estábamos en el coche, me cambió la cara. Me atusó el pelo y Chiquituza, ¿te ha gustado? Ya ves, papá, qué guay, este verano me lo leo, ya verás, ah, y le tenemos que preguntar a Enrique cómo se revelan las fotos, a lo mejor los líquidos esos que salen en las pelis no son muy caros y me podéis montar un laboratorio, mira, aquí en esta foto sale lo de los líquidos, pero mejor empezar por el principio porque si no… no voy a saber qué hacer con ellos, mejor poco a poco. Claro que sí, Gurripata arrancó el coche, abrí la ventanilla y pensé que algún día le contaría esto a alguien, mientras a mis padres se les hacía un nudo en la garganta al escucharme

jueves, 22 de noviembre de 2012

Notas IV

Sentarte frente a la carne de tu padre: dos ojos secos y boca de morfina disparada por el émbolo de tus dedos. Las venas de tu padre no son venas, son pajitas de plástico deshilachado que se revientan sin que lo veas. Los ojos se obstinan en su sequedad pero cuentan historias que te recuerdan que no sabes quién es. Eso ahora no importa porque te has dado cuenta de que la verosimilitud de su cuerpo es sólo una concesión que de vez en cuando ofrece la vida a la esperanza. Por fuera carne blanca, blanda, suave, barbilampiña como él es, todo igual que siempre: pura, morosa discreción… morfina, plástico, aguja, dedos, pestañas, raíces, uñas, puntos negros… pero dentro todo está explotando, mezclándose, contaminándose a sí mismo, tiene los glóbulos verdes, en el hígado se acuña el azúcar, en el corazón esmalte y en la cabeza ululan burbujas de bilirrubina que esquivan los diques y las presas, inundándolo todo, hasta el abedecedario, que se vuelve amarillo incomprensible

martes, 3 de julio de 2012

Notas III

Mi padre convive en una estantería con un millar de muertos, igual que mis libros. Igual que mis libros, podría contemplarse como una ficha del tres en raya o como un bloque del tetris, recién resucitados por mi tableta, igual que mis libros. Igual que mis libros, mi padre siempre habla, a todas horas, bueno, a veces me grita y me pide que lo separe del posesivo y le devuelva su nombre. Paco, al igual que mis libros, tiene una historia propia interpretable según el lector: mi madre ahora la entiende como un alminar, mi hermano como una fábula latina y mi hermana como un catecismo. Yo creo que es una historia sin final que, igual que mis libros, vindica su identidad, su contexto y su voluntad de transformarlo. Ése es su tema porque, igual que los libros, Paco es un muerto que quiere enseñarnos.

martes, 19 de junio de 2012

Pollo, tampones y libros

Hoy me he dado mi lujo mensual: me he comprado dos libros. Los dos estaban escritos por autores de habla no hispana (no sé por qué esa coletilla me hace gracia), así que el libro de bolsillo no era una opción,las traducciones suelen ser más bien de papelera que de bolsillo. Total, entre los dos libros me he gastado 50 euros. Evidentemente, si comparo esos 50 euros con la suma de lo que me gasto en....a ver...¡ah sí! en pechugas de pollo, avíos para el cocido gracias al cual como dos veces en semana, pasta, arroz y algún pescado de piscifactoría que otro... en compración con esto es qué ¡Nada! Si lo piensas bien, es una cuestión de prioridades, uno decide gastarse el dinero en lo que quiere. Vaya, se me olvidaba ¡ De todo lo que he nombrado lo único que me pago yo son los libros! El resto va a la cuenta de mi madre. También se me olvidaba que los 50 euros son los ahorros del mes, de lo que consigo guardar de mi prestación de paro, ah no, de ahí tampoco, porque no he cotizado nunca... ya, me acuerdo, es lo que consigo juntar de alguna que otra clase de apoyo. Jo, van a tener razón, vivo por encima de mis posibilidades, en vez de comprar libros tendría que estar rumbo a Londres, por ejemplo. El vuelo es barato y dicen que los puentes allí no tienen goteras así que... El caso es que ahora que tengo la memoria fresca, me acuerdo de una profa que tuve en primaria. Decía que la cultura es poder, o eso creí escuchar, ahora que he despertado de esa amnesia, estoy más por la labor de pensar que quizá lo que dijo es "la cultura es del poder, ahora puedes acercarte a ella porque te la prestan para que juegues con ella, pero, no te olvides Ángela, lo que se presta es de Huelva, es decir, se devuelve cuando el dueño real se aburre de ser bueno, o ha encontrado un amigo más guay". Eso creo que me dijo, o eso me tendría que haber dicho o eso tendría que haber pensado yo. Si lo hubiérmos hecho cualquiera de las dos, a lo mejor no estaría viviendo por encima de mis posibilidades cuando me compro un libro. Me habría quedado con el negocio familiar, levántandome a las siete de la mañana y acostándome a las doce de la noche de lunes a sábado. Los domingos aprovecharía para revisar los libros de cuentas y, con la fuerza de voluntad que me caracteriza, podría leer una o dos páginas antes de quedarme dormida en el sofá a las diez de la noche ¡Una o dos páginas, pagadas y bien pagadas! Bueno, la verdad, no hay razón para tanta exclamación ¿no? ¿Dónde quedaría el placer? Quizá, pienso ahora, hemos hecho las cosas al revés, quizá lo que tiene valor no debería costar dinero, no lo sé, o al menos debería tener un precio de producto de primera necesidad, como las compresas, los támpax, el pollo o el papel higiénico pero no puedo evitar sentir cierta tristeza al hacer la comparación, a pesar de parecerme justa; y tampoco he podido evitar sentirme culpable esta mañana al gastar 50 euros que no tengo, 50 euros que debo a mi madre y al Banco que me dio un préstamo para hacer un Máster que probablemente no me valga para nada, por no descargarme un pdf por el que me sentiría igualmente culpable y que además me produce migraña. Quizá lo mejor sería dejar de ser una cristiana laica y cagarme en mi conciencia, como todo el mundo.