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lunes, 10 de noviembre de 2014

Notas emigrante VI: génesis

Está oscuro pero aún son las once de la mañana. Quizá es sábado o domingo, por qué ibas a estar aquí si no. No sé qué estoy haciendo debajo de la cama de tus padres pero aquí estoy. Tumbada y esperando. El suelo no está frío, o tal vez sí, el frío siempre me ha gustado. Ya estás aquí, estoy segura porque veo tus pies y tus calcetines blancos.
Tengo cinco años, tú dieciséis pero a mí pareces un hombre. Mi hermana es ya una mujer, mamá no deja de repetírselo. “Tienes 16 años, ya eres una mujer hecha y derecha”. Creo que es verano por dos razones: por encima de la pletina de los calcetines, se te salen los vellos, negros y largos, así que estás en bermudas; además hay un enchufe antimosquitos encendido. En casa no tenemos, son demasiado caros.
Miro a mi derecha y me doy cuenta de que estás a mi lado. Cara a cara. Me haces cosquillas; yo me río. Tú me chistas para que no nos descubran; yo no sé qué es lo que hay que descubrir. Pero como me haces reír, te hago caso y callo. Además, soy consciente de que sólo con una mano puedes aplastarme la cara ¿Por qué se me ocurre esto de repente?
Me pides que mire lo que tienes debajo y obedezco. A los mayores hay que obedecerlos, como a mi hermana cuando me lleva a la playa. En comparación con los niños del cole, tienes un pito enorme. Y no sólo eso, además crece a cada segundo, casi con la misma rapidez que tu sonrisa se retuerce. Pareces muy fuerte, si quisieras también podrías aplastarme la cara con él. Me pides que te lo toque pero no quiero. Te miro con seriedad y te lo niego con la cabeza. Sé que hago mal, pero me da miedo, aunque no pueda dejar de mirarlo.
Dices que no puedes más, que sea buena y me vuelves a hacer cosquillas. Yo vuelvo a reír y tú te acercas para quitarme los pantalones. El suelo sigue sin estar frío o sí. Quieres que sea buena y lista, quieres enseñarme cosas que casi ninguna niña de mi edad sabe. A mí los ojos se me salen de las órbitas y asiento. Ahora soy yo la que se acerca. Tu cosa señala a tu ombligo. Me coges una pierna y me la subes a tu cintura. Respiras muy fuerte y me aclaras que eso es bueno.
Tu cosa está ahora entre los labios de mi cosa. Te mueves de arriba hacia abajo. A mí me da calambre pero creo que me gusta. Está muy dura y tu respiración se acelera y es muy ruidosa. Tienes la mirada perdida y me asustas. Escucho algo, una voz a lo lejos, pero tú no estás aquí, conmigo, como antes, estás en otro lugar. La voz cada vez está más cerca. Quiero irme, intento bajar la pierna pero a pesar de la distancia a la que aparentemente estamos, aún sabes que estoy ahí y me aprietas el tobillo con tanta fuerza que me haces daño.
Es tu madre. Intento convencerte de que me dejes amenazándote con que nos van a descubrir. Nada parece hacer efecto. Las zapatillas de casa de tu madre están muy cerca, las escucho andar por el pasillo, acompañadas de gritos que llevan tu nombre. Te muerdo para que me dejes. Por fin. Los pies de tu madre ya están aquí, en la puerta del dormitorio. Como había supuesto, era cierto que tu mano es más grande que mi cara. Qué lista soy. Y tú qué rápido, ya te has tapado con la mano izquierda.
 Aunque os empeñéis tu madre no es tonta y sabe que estamos aquí. No para de dar vueltas por la habitación. Ella usa los mismos calcetines que tú, pero no tiene tanto vello, aunque sí un par de cicatrices. Detrás de sus pies, está el enchufe para los mosquitos ¡¡¡Yo quiero uno!!! Apenas puedo respirar, me presionas demasiado. Muevo el pie y se oye un ruido.
Las rodillas de tu madre ya están en el suelo. Tiene la bata de casa puesta. Ahora viene un rulo. Rosa fluorescente. Nos ha visto. Escondidos. No puede hablar. Se queda mirándome fijamente. No eres tan rápido ni yo tan lista. Tengo las bragas bajadas. Me da vergüenza. Me las subo y salgo corriendo. Ellos se quedan allí, como dos estatuas.

Corro. Cierro la puerta. Subo las escaleras y toco al timbre de casa. Mamá me abre. Entro a la cocina y enciendo la televisión. Aún no sé que siempre tendré miedo.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Notas V: El emigrante

Como todos los emigrantes, Papá no quiere marcharse. Está sentado en la silla de ruedas junto a Mamá. Ella con la boca apretada, mirando al frente, él con el labio descolgado y la mirada perdida. Mamá le coge la mano y se aprieta contra él como nunca había visto ¿Sospecharán algo? ¿Sabrán que está a punto de venir un médico para decirnos que ya ha acabado de acabar todo? ¿Imaginarán que por primera vez en sus vidas están obligados a rendirse? No lo sé, en cualquier caso yo me rendí hace semanas.
Ángela S. Aragón
Ahora mismo creo que ElHombredelaSilladeruedas no es mi padre.  Tiene su cuerpo, al menos se parece, pero Papá es algo más que esa masa de carne deshinchada. Papá opina sobre cualquier tema y, según él, tiene razón siempre porque “cuando yo digo algo es porque llevo razón”. Papá es un señor que hace chistes sobre todo excepto cuando se le lleva la contraria. Papá me pide que le peine cuando está nervioso. Papá lee todo lo que encuentra. Papá se siente desubicado en este tiempo así que ve películas y series de época, de la suya. Papá se escapa siempre que puede para fumar. Papá me dice “chiquituza” mientras me atusa el pelo y busca a mis hermanos para discutir sobre negocios. Papá me manda a por agua y habla con los médicos cuando tardan demasiado. Papá siempre tiene hambre. Es imposible que Papá esté con la boca abierta, con la mandíbula desparramada y callado. Eso no es Papá, es un corazón y dos pulmones que late y respiran en su cuerpo, sólo eso: dos pulmones y un corazón.
Mamá se abraza él como nunca. Dos pulmones y un corazón es suficiente para ella: Mamá sí lo reconoce, ella sí lo ve. Cuando se acurruca con él, se amodorra con su pasado y arrulla el milagro químico: el milagro de la mejoría inesperada, la noticia en el telediario, el espacio optimista en el Programa de Ana Rosa, su futuro protegido a la sombra de su marido, de su hermano. Mamá está pálida, aunque como siempre que está descompuesta, tiene dos pequeños rosetones rojos en los pómulos que acentúan aún más su palidez. Su descomposición es un instinto, no un pensamiento racional. No quiere pensar que los dos pulmones y el corazón dejarán de insistir. Ha decidido que esa posibilidad no existe o, mejor aún, que va adosarse al HombredelaSilladeRuedas y va a dejar que las cosas pasen, sin que su voluntad interfiera en nada distinto a la caricia y al cuidado.
Jamás los vi acariciarse hasta ahora, quizá éste sea el recuerdo más cariñoso que me quede de Papá y Mamá. Sí, no recuerdo otro momento más cariñoso que éste. Lo registro para que no se me olvide, seguro que algún día tendré que recurrir a esto, pienso, para recordar que Mamá sí quería a Papá, que detrás de todo, de tanto insulto y tantos golpes encima de la mesa, había algo bello.



domingo, 23 de junio de 2013

Notas V: Blancanieves y su libro

Pepe, ¿tienes eso? Yo ya había estado allí dos o tres veces, todas vinculadas con la comunión, exceptuando una: el día que me disfrazaron de Blancanieves. No sé quién eligió el disfraz, pero me gusta pensar que no fui yo, porque, la verdad, me sentí muy sola en el patio del colegio el día que celebramos el carnaval. Todas las niñas usaban aquel día para ser lo que les hubiera gustado ser, pero en mi caso toda aquella parafernalia no era necesaria porque en el cole era siempre quien quería ser. Era la amiga de los niños, la que se quitaba la camiseta si hacía falta para jugar al fútbol o para amedrentar a algún matoncillo de tres al cuarto que se metiera con algún hermano menor de un conocido o con cualquiera que viniera a avisarme. En el patio era valiente, era fuerte y autosuficiente, supe ganarme mi espacio; en clase era aplicada, educada y algo chula, porque mis padres, señores, medían esto, esto, esto, esto, esto y esto, así que tenía derecho a ser chula, eran tan buenos que podría haberme lastimado el hombro de tantas veces que tenía que cuantificar en dedos de las manos sus poderes y sus bondades. Pero Blancanieves… con ese corte de pelo a lo Cristóbal Colón y esas hombreras, y ese constante esperar a que alguien la venga a buscar… qué horror, me escondí en el soportal durante el desfile, cantando mi villancico preferido, a la par que rezaba e imploraba, con las diminutas y carnosas manos que aún conservo entrelazadas, por favor, Dios, que esto se acabe. Cinco años más tarde volví a pisar el estudio, esta vez para el tradicional reportaje de la primera comunión. Ahí no pasé vergüenza, la elección del traje fue mía y además fue tendencia aquel año: el mismo que Rocío Jurado se casó con Ortega Cano. Todas queríamos ser ella por un día, incluida ésta que está aquí, sólo que a la megalomanía de la época se le unió un pragmatismo que siempre me ha acompañado en forma de idea, pero pocas veces se ha manifestado en constancia: un vestido de flamenca era reciclable, otro vestido de Blancanieves, pero en blanco, sólo serviría para emborracharse de alcanfor en el armario y para repetir el mismo sentimiento de ridiculez que me acompañó con el primigenio. Sin embargo, se me escaparon dos detalles: el peinado y el escaso sentido estético que mi madre tenía por aquella época. Resultado: fui a la peluquería en chándal, uno de esos de brilli-brilli, para posteriormente trasladarme desde la peluquería hasta el estudio con ese mismo chándal y una madroñera goyesca en la cabeza. No podía correr, no podía taparme la cara, no podía hacer otra cosa excepto consolarme pensando que no sería la única, que todas teníamos que pasar por aquello. Aquella visita a los quince años fue distinta, muy distinta. Mi padre había hablado con Pepe, su amigo –todo el mundo era su amigo- y le había explicado mis aficiones para preguntarle qué podía hacer para apoyarme, para que aprendiera y pudiera practicar: - Pepe, a mi chiquitilla le gusta la fotografía, tiene la máquina que le compramos a la hermana para la carrera ¿No tienes tú hay algo que le pueda ayudar para que se enseñe? - No sé, Paco… ahora que lo pienso tengo allí en el local unos libros que para empezar no están mal, pero a lo mejor no tiene paciencia para leérselos - ¿Mi chiquitilla? Le gusta mucho leer y tiene las cosas muy claras, tengo unos niños, Pepe… está muy centrados y son muy trabajadores y ésta… no sé, es muy callada pero cuando habla… te tienes que callar tú Imagino que fue así, bueno, así y con un par de chistes malos de esos que mi padre usaba para meterse a todo el mundo en el bolsillo. Yo no sabía nada de aquella conversación, nada. Así que, cuando entramos allí y dijo ¿Pepe, tienes eso? No presté la más mínima atención, podría ser desde un cigarro, un periódico, un recibo, una invitación... así que sonreía mirando a mi alrededor, contenta de haber pasado ya el trance por el que todas las caritas piadosas que había colgadas en los escaparates estaban pasando justo en ese momento, aunque , a decir verdad, también sentí envidia porque mi foto nunca fue escogida para ser exhibida, supuse que porque no era lo suficientemente guapa. Ahora creo que aquella obviedad se le sumaba que todas esas niñas y todos esos niños tenían una expresión diferente a la del resto, más allá de la evidente belleza, tenían un rictus angelical, celestial, que yo por entonces no tenía. Sin embargo, ahora que la vida me pide fiereza, mi rostro se parece cada vez más a una virgen rechoncha esculpida por un orfebre anticuado. Pepe asintió y se acercó a mí, tocándome el hombro con una mano y con el otro escondido detrás de la espalda. Mira, me dijo con agachándose para mirarme a los ojos, aunque yo intentara evitar tanto el contacto físico como el visual. Era un libro enorme, negro, como un tomo de una enciclopedia, Introducción a la fotografía, de Planeta Agostini. Tu padre me ha dicho que te gusta el tema y hemos pensado que te haría ilusión. Estaba tan emocionada que no supe cómo reaccionar, lo cogí, le di las gracias y como las cagonas de párvulos me escondí detrás de mi padre, abrazándolo por la cintura. Muchas gracias, de verdad, sin dejar de mirar el libro, dándole vueltas, hojeándolo y deseando subirme a la furgoneta para abrirlo y empezarlo. Cuando ya estábamos en el coche, me cambió la cara. Me atusó el pelo y Chiquituza, ¿te ha gustado? Ya ves, papá, qué guay, este verano me lo leo, ya verás, ah, y le tenemos que preguntar a Enrique cómo se revelan las fotos, a lo mejor los líquidos esos que salen en las pelis no son muy caros y me podéis montar un laboratorio, mira, aquí en esta foto sale lo de los líquidos, pero mejor empezar por el principio porque si no… no voy a saber qué hacer con ellos, mejor poco a poco. Claro que sí, Gurripata arrancó el coche, abrí la ventanilla y pensé que algún día le contaría esto a alguien, mientras a mis padres se les hacía un nudo en la garganta al escucharme